Carta a una mujer siempre amada

Usted se ha convertido en la sombra más cercana a mi vida. 
Una sombra monjil y silenciosa...Una insinuación de perfume femenino 
y una negación de su propia naturaleza humana con ademanes de casta reserva.
Siempre quise lo que deduzco también en usted: ser una figura de belleza cristalizada, con diversos matices para ser admirada por todos los idólatras... Pero una belleza indolente y tiránica que... A la cercanía no dejaría derramar ni una gota de mi elixir para ellos... Obligándolos a permanecer en sumisa espera sin perder la fuerza de su amor...
Sólo habría de permanecer aquel que en realidad quisiera dar todo sin desfallecer... Hasta recibir el premio del amor burbujeante dentro de la belleza cristalizada.
Siempre lo soñé con la poesía, con los libros, con la mitología (bueno, la griega y la celta), con el arte, la música y el cine... Desde muy pequeña escribía a  la nada y me enamoraba de mi idea del amor, porque era en realidad desgarradora...
Siempre procuré tener a alguien a mi lado y creo que mi enamoramiento del amor era ya un reino entero... Con caminos y casas... Con grandes ventanas...
Y parecía que estuviera enamorada pues aquel que estaba junto a mi, recibía mi abrazo caluroso y cariñoso... Disfrutando un poco... Anonadado un poco... Mas finalmente hostigado, pues no había real amor.
Podría entrar un poeta, y juntos nos enamoraríamos de las palabras.
Luego se irían todos y yo sufriría... Pero... Al final me gustaba quedarme sola y deshecha en mi mundo. Siempre pensé que era sublime.
Muchas veces los que estuvieron ahí y luego escaparon, regresaban añorando cada detalle y apreciándolo aún más al descubrir que nunca iban a encontrar nada igual. Eso era suficiente para mí... Y una amable amistad tras vitrina era la que les ofrecía para tenerlos cerca y hacerles sufrir por no quedarse en casa.

Qué vacío cuando se da todo en medio de la locura... Qué vacío cuando se da todo o se regala todo, resignado a que no hay nada mejor... Qué vacío cuando ya no se expulsa del paraíso a los incendiarios que lo van destruyendo lentamente hasta el cansancio, y se van... Qué vacío... 
Pensé que el amor era un sueño; pensé que el amor era el más peligroso invento que mi frágil mente había creado para sentirse viva.
No quería creer más en el amor y con rabia me avergonzaba de ese mundo que había vivido dentro de mí. 
No entendía el amor.
Asumí la soledad, la máscara y el miedo... Pero a veces deliraba sola pensando en que alguien me seguía a escondidas y escribía, de pronto, un poema sobre mi suspiro al viento... Un poema más grande que yo, que me dejaba sin alma y sin aliento cuando lo leía por vez primera...
También a veces imaginaba que mientras alguien me hablaba, estaba recorriendo con devoción cada parte de mi rostro, sintiéndose elevado con mi sonrisa... Me gustaba llegar a imaginar sus pensamientos y eso me enternecía... cayendo luego de nuevo en la cruda realidad de mis desaciertos.

Pero... Es increíble cuánto adoro sus ojos verdes o amarillos y su piel blanca... Es increíble cuánto puede penetrar usted en el alma.
Es increíble cuántos temblores en el universo ha creado usted con su impasividad.
La envidio y la admiro... no sé si la odio.
Creo que debe ser un Ser impresionante, y seguro que si la tuviera al frente, la abrazaría con todas mis fuerzas... pero luego saldría corriendo.
No sé si usted es como mi reino del amor dentro de la belleza cristalizada... No sé si usted sea una creación divina... No sé.
Sólo sé que me voy lejos con la idea de usted y ... sufro con la idea de usted a través de las palabras de mi amor... 
Sí, mi amor que encontré palpitando entre la soledad, la máscara y el miedo.
Sí: sí existe. 
Lo encontré, enloquecí, lo acepté... Me reconocí completamente loca... Y todo parece indicar que vivimos felices en mi reino lleno de caminos y casas de ventanas grandes.
Digamos que el amor entró al reino del amor.
Claro, pero por muchos momentos siento que hay tanto de usted aquí, y la quiero, pero no la he invitado en ningún momento.
¿Es usted el amor? Pues... lo único que se me ocurre es que se haya infiltrado a través de las partículas en el aliento de voz del amor... O puede que usted sea parte esencial del amor... ¿Qué hago? ¿La puedo aplastar como a una mosca?
Claro, el zumbido de las moscas... Me hubiera gustado zumbar y zumbar por largo tiempo alrededor del amor, para hacerle estallar como un volcán de locura... No sé cómo no se me ocurrió antes: así mi reino podría ser más alto.
No. No se trata de eso. Es muy simple... A usted yo también podría hacerle una oda: yo la quiero también... Y la oda puede partir de mí en una fantástica fórmula matemática, en la que a un lado del igual habrá una sola cosa; al otro, un desarticulado balbuceo de elementos... 
(Parece que me he inventado que usted tiene todo lo que en mí carece: tiene lo que he temido no tener... tiene mis miedos).
Simplemente el igual es el tiempo... Y al final puede llegar usted, tarde, tras leer las rimas de su propio altar.
Yo estoy segura que si usted pudiera, habría retrocedido el tiempo para adorar el amor que siempre la siguió silencioso.
Usted sembró muchas palabras, muchas preguntas, muchos sueños y locuras, mucha pasión... mucho arte en el amor.
Usted es como el horizonte que a lo lejos parece una gradación al cielo y es preciso tocarlo con la punta de los dedos.
Usted es esa incógnita que jamás dejará de palpitar... Y aunque haya sirenas y ondinas a la orilla del mar, ese horizonte es el que siempre ha atraído a los descubridores.
Los poetas permanecen en la orilla y aman el dolor de no alcanzar el horizonte... El dolor es la oda al horizonte. Yo temo por la fuerza de eso allá tan lejano, entre palabras escondido.
El amor tiene una fuerza indomable que puede llamar a su puerta... Y como dije, usted puede llegar tarde... Cuando usted se acomode tras el igual, con su dulzura, su inteligencia, su belleza y su pureza, yo sabré que a causa de la resignación y la locura (de los dos), el amor no tuvo que luchar por mí: solo entró a su reino, durmió... y luego tendrá que irse tras usted. Ese día moriremos todos.



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